domingo, 1 de febrero de 2015

Alfredo Jiménez Núñez


Su vida, como la de John Ford, la de Pancho Villa o la de las lejanas misiones franciscanas del Oeste, está vinculada a los indios del Gran Norte y a los de más al sur del Río Bravo. Profesor emérito de la Universidad de Sevilla, antropólogo por la de Chicago, versado en fronteras y en problemas fronterizos, pasó un año junto a Sante Fe (Nuevo México), donde realizó un estudio de campo sobre la huella hispana en aquellos territorios. Cronista impagable y minucioso, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, dirigió durante seis años el Área de Asuntos Culturales de la Expo 92 en aquel comité de honorables, juiciosos y capaces que integraron la Comisaría de Olivencia. Prudente y apacible, irradia equilibrio para contemplar sin sectarismos los avatares de la Historia. Autor de varios estudios de Antropología andaluza y muchos más sobre la aventura colonizadora, contador de anécdotas, saberes y relatos fascinantes, dirigió el Departamento de Antropología Americana de la Hispalense durante muchos años y fue finalista del Premio Andalucía de Novela en 1996. Recientemente ha publicado en Guadalturia El amante de la frontera.

Recientemente, con el conocimiento de la contribución de Bernardo de Gálvez a la Independencia de los Estados Unidos, se ha puesto de actualidad la influencia española en aquellas tierras. ¿Cuál es la realidad de aquella presencia en la frontera norte de Nueva España?

Hay una doble realidad y una gran contradicción. La primera es una realidad histórica, que se puede analizar y discutir pero no se puede negar. La segunda es tan  evidente que se puede tocar en los monumentos y oír de la boca de millones de hispanos. Cabeza de Vaca fue el primer europeo que convivió con indios de las costas de Texas. Cuando después de siete años se echó a andar en busca de españoles, con otros tres compañeros de naufragio, recorrió durante muchos meses cientos de leguas que le llevaron hasta el actual estado de Nuevo México y, finalmente, al norte de la actual república mexicana. Recogió su experiencia en un libro que contiene la primera etnografía o descripción del indio norteamericano, una aventura real que debían leer todos los jóvenes españoles. Poco después, Coronado  encabezó una expedición de dos años (1540-1542), que le llevó a él o a sus hombres hasta la actual Kansas y a descubrir el Gran Cañón del Colorado en Arizona. Los primeros capítulos de la historia de los Estados Unidos la escribieron los españoles. Sin embargo, estos capítulos los conocen mal los estudiantes americanos y los ignoramos en España. Ésta es la gran contradicción y nuestra gran culpa.

¿Qué queda hoy de aquella frontera española?

Está más viva y es más dinámica que nunca. En un libro reciente (El Gran Norte de México: Una frontera imperial en la Nueva España (1540-1820) muestro de forma panorámica tres siglos de una frontera cuyo lejano norte comprende Texas, Nuevo México, Arizona y California, un territorio varias veces más grande que la península  Ibérica. Hace menos de un año se publicó El amante de la frontera, una novela entretejida con hechos históricos y donde la realidad supera muchas veces a la ficción. En ambos caso, mi intención ha sido divulgar, popularizar aquel pasado. Los territorios al sur y al norte del Río Grande constituyen hoy una frontera o espacio de encuentro de varias decenas de millones de hispanos y algo menos de anglos. No hay una frontera comparable en el mundo: el encuentro de dos ramas de la civilización occidental. Un caso único por su extensión e intensidad. Un espacio con grandes problemas pero también de logros y grandes esperanzas.

¿Qué hay de mito en la conquista del Oeste americano?

Hay mucho de mito si entendemos el término como falsificación, exageración, exaltación patriótica a ultranza. Sin duda, la conquista del Oeste fue una empresa rica en aventura, esfuerzo, ilusión, violencia y abuso. Una historia de menos de medio siglo que sirvió para afirmar la identidad y el orgullo de una nación joven formada por oleadas de inmigrantes europeos. Las víctimas de la empresa fueron los indios y, en menor grado, los españoles. Fue una conquista que contó con el rifle de repetición, el ferrocarril y el telégrafo. La expansión española hacia el norte se anticipó en tres siglos y, lamentablemente, no ha contado con un John Ford ni un John Wayne que han hecho del cowboy (del vaquero) un personaje “mitológico” que corría por las Praderas cabalgando caballos introducidos por los españoles.

¿Puede apreciarse la presencia de Sevilla en ese vasto territorio que fue el Gran Norte?

No tanto la presencia de Sevilla, como ciudad, sino la sociedad y la cultura de una época cuando Sevilla era una gran urbe europea y un referente que sintetizaba muchas cosas: el habla, la religiosidad, la iconografía, el espíritu de aventura…

¿Se puede afirmar que Sevilla sea la ciudad más americana de España?

Si entendemos por “americano”  todo el doble continente, Sevilla fue capital de un gran imperio. Personas, animales y cosas, ideas y pasiones, pasaban a la ida y a la vuelta por el puerto de Sevilla y a través de la Casa de la Contratación. Durante muchos años, la mujer sevillana fue mayoría en la emigración de las española a las Américas. Nunca una ciudad interior había comunicado los mares y los océanos desde un río. Está bien escarbar en la memoria histórica reciente, pero no se entiende tanta pereza en ahondar, en dragar un río único en la Historia.

Sevilla está marcada en el siglo veinte por dos exposiciones organizadas bajo el motivo americano. ¿Qué significado tiene esto?

Fue la prueba y la consecuencia de la condición “americana” de Sevilla. Hubo dos candidaturas a la Exposición Universal del Descubrimiento de América: Chicago y Sevilla, un gigante y un pigmeo. Las dos fueron nominadas, y fue el  pasado y la imagen de Sevilla lo que forzó a aprobar  por primera vez dos ciudades como sede de la mayor empresa mundial que se realiza en el mundo muy de vez en cuando. Chicago se retiró a poco de empezar.

Usted participó muy activamente en los trabajos que debían dar contenido a la Expo del 92. ¿Cómo describiría esa experiencia?

Fueron seis años (de julio de 1985 a julio de 1991) como director de Asuntos Culturales en la Oficina del Comisario don Manuel Olivencia. Un honor y un orgullo. Para mí (tal vez también para otros), aquellos seis años se repartieron en dos años de ilusión y creatividad (había que empezar de cero), dos años de ferviente actividad, y dos años de frustraciones que terminaron con la dimisión cuando faltaban nueve meses para la apertura. Yo entré en el recinto de la Cartuja el día de la inauguración con el bono que mi hijo Javier guardaba de una campaña de publicidad en la prensa. Puedo decir que no me gasté una peseta en la primera visita a una Exposición donde había gastado seis años de mi vida. Pero no me arrepiento, y mi gratitud será permanente al “capitán” que nos embarcó a unos cuantos que, a última hora, fuimos “marineros en tierra” por cuestiones entre políticas y mercantiles. Los sevillanos de más de cuarenta años saben a qué me refiero.

Hasta siempre don Alfredo, conversar contigo amén de un placer, es beber en las mejores fuentes de la sabiduría humana.

No hay comentarios :

Publicar un comentario